7/1/17

El sol muere amando






A veces creo que mi alma se ha tallado a fuerza de colores, de momentos, de risas a tu lado. Cuántas tardes compartidas, de suaves tonos en el cielo; los mismos que caían mansamente sobre la sierra de brezos, adormecida como una gata, a nuestra espalda.

El sol moría amando. Lo vimos en el trino del petirrojo y en las rosas heridas de luz. Muere amando... Así lo deletrea dulcemente mi lengua bronceada cuando te miro.

Fueron, son... tardes contigo, dejando escapar palabras como colibríes sedientos.


Tardes de seda naranja donde el sol muere extasiado en cada roca, en cada pluma, en cada tallo; en nuestras manos.

23/11/16

Tierras de Soria. La naturaleza en el corazón









Fotografía de "Buitre"


Mi encuentro, en la lírica llanura castellana, con un perro solitario.
De "La naturaleza en el corazón".

"Tierras de Soria"

Me encuentro sobre una anchísima planicie de melodías estoicas y rojas: Castilla.
He bajado de mi moto a pisar este suelo; a tocar sus raquíticos brotes de hierba inclinada bajo este cielo sin fin. Y ya atardece. Noto un soplo ligero de infinitud en mi nuca: es una brisa cálida sin lugar de nacimiento ni muerte que me hace disfrutar de este cansancio tibio.
A lo lejos, un perro. También sin cuna, y quizás, sin sepultura. Es castellano. Lo dicen sus huesos hincados en su pelaje tostado (piel dura, pero sin soberbia). ¿Ladra? Sí. Y con él los adioses del trigo en la distancia. Y allá se estremece un viejo alcornoque en su propio ladrido de ramas retorcidas. El perro se está anaranjando con el sol y empieza a husmear el tiempo que se guardan las piedras. Yo lo miro, lo llamo plácidamente. Deseo acariciar a un ser tan anónimo como yo. Somos dos solitarios que pueblan el paisaje. ¿Será mi olor blanco para él, nuevo, sin ninguna señal que le recuerde al cuadro en el que vive?
Toma, te ofrezco mi mano, mis vibraciones hechas tarde. Y él baja la cabeza, ya a mi lado. La cola quieta, el pelo áspero, las orejas tiesas y las patas rígidas. Es su modo de recibir mi caricia.
De su tímido hocico brota el lenguaje de la llanura, como una sonrisa muy recatada, teñida de amarillo y con labios de soledad. Y cuando más confiada me muestro, cuando ya estoy dispuesta a desperezar mis coloquios vespertinos, huye. Así, imperceptiblemente, como se van desvaneciendo las formas del paisaje y trocándose en tinieblas al llegar la noche.
Tierra sobria y triste, me despides con un adiós parco, pero franco. Me quedo con tus colores de adagio y tus arrugas sin fin. Tendré que sumergirme en la oscuridad, con mis faros eléctricos como única guía. Y seguir mi viaje.
Y seguir... con tu recuerdo sediento,  agazapándose en un resquicio de mi ser...

 ***